Los hechos acaecieron, más o menos, en tres fases:
1. Llego a un piso compartido donde los compañeros que posteriormente iban a acosarme no se encuentran todavía. César es un gran tipo. Alfonso es un poco gordo, pero no da guerra. Mi habitación es una mierda.
2. Una vez estabilizado en el Piso, Alfonso se va. Cojo su habitación, grande que te cagas, extremadamente exterior y con una conexión de cable de Madritel que hacía que los ojos me hicieran chirivitas. Explosión de felicidad. Llega el de Burgos a sustituir a Alfonso.
2.1. EL DE BURGOS (de nombre ERNESTO)
De la estepa burgalesa, allá donde las morcillas y el buen tocino son tradición, llegó este ejemplar único en su especie, autóctono en la tundra madrileña, quizá el menos extraordinario en su comportamiento diario, aunque, si bien esta afirmación puede ser atrevida, a la larga se convirtió en el menos tocapelotas de los personajes.
Elementos distintivos: su Play Station 2. En cierta ocasión dijo sentirse inseguro por si procedíamos mis secuaces sicarios y yo a robarle la PS2. Cabe decir que entre mis enseres personales dentro de la habitación que provocaba la explosión de felicidad, se encontraba un ordenador personal valorado en 1.208 euros. Sin comentarios.
Realmente increíble: los copazos que se metía entre pecho y espalda viendo UPA Dance, las viciadas a su querida PS2 (horas y horas, joder, descansa, coño) y sobre todas las cosas, ese sentido del humor tan natural de los fachas de este país.
Curiosidad: un día, por la noche, a la llegada después de una de esas cervecitas tan ricas que disfrutaban homosexualmente él y El Feo, dijo “creo que el peta me ha puesto fatal”.
Su frase favorita: “no me gusta eso de que entre gente en casa cuando no hay nadie” (por mí).
No tenía que haberlo hecho: haber conocido a El Feo y, sobre todas las cosas, haberle metido en mi vida. Facturas y facturas de petas y drogas duras fueron la consecuencia. Y todo por abstraerme. El de Burgos fue el culpable de todo, mi desdicha fue provocada por él. Mamón.
2.2. EL FEO (de nombre José Emilio)
Como no podía ser de otra manera, natural de Jaén. Típico caracter ‘andaluzimbécilnolesoportojoder’. Adicto al pop como forma de vida, gafas de pasta a lo Elton John, humor jienense (el humor español más cercano al inglés) y saborío como él mismo. Le gustaban los Beattles, El Canto del Loco y poner verde al género femenino, actitud quizá propiciada por la falta de actividad sexual de su pajarito (es que no me extraña, su apodo no era en vano).
Realmente increíble: su afición por la limpieza. Siempre limpiando, este peculiar sensiblón hacía de su vida un planning de limpieza, intentando imponernos a todos (esto es, a El de Burgos y a mí) la necesidad de que el piso “necesita una limpia”.
Curiosidad: necesitaba gritar. Es la única conclusión que saco al haber convivido durante 10 meses con algo mucho más cercano a un león marino (marsopa también es un término válido) que a un ser humano. Chillaba y chillaba como un cerdo en plena matanza.
Su frase favorita: “Esta semana tú limpias el baño (por mí), Ernesto (por El de Burgos) el salón y yo (por sí mismo, esto es, por El Feo) la cocina”.
No tenía que haberlo hecho: Venir. Conocerme. Hablarme. Gritar cuando yo estaba en la habitación. Vivir conmigo tanto tiempo.
3. Así las cosas, la convicencia avanzada y retrocedía. Supongo que ellos fueron totalmente ajenos a las orgías de insultos e improperios que, en el atusado rincón denominado “mi habitación” (o “habitación del percha”), nos montábamos mis crueles sicarios violadores de casas y yo.
4. El final del verano, llegó y tú partiras… Pero no fue en verano, fue en navidades. Veréis, tiene su explicación: fue muy duro ver a la prometida de El de Burgos en pijama. Muy duro. Días y días de tortura no_psicotrópica. Así que tomé una decisión. Bien. Me voy. Por fin.
5. En concepto de luz y gas, debo 20 euros. Llamadas, sms estándar, correos electrónicos, más sms estándar. No contesto. Lo confieso, no les quiero pagar. Me han hecho muchísimo daño moral y sentimental como para abonarles tal pernada. Lo reconozco, soy un moroso. Pero, cuando alguien me pregunta ante mi afirmación de que debo 20 euros que a quién se los debo, yo alzo la cabeza y respondo “a un león marino y a un diabético alcohólico”. Todo el mundo me comprende.
6. No quiero hacer mención a la casera. Entendedme, es algo que me produce mucha grima.
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