Fútbol
Publicado por JR el 8/06/2006 Archivado en Deportes, Prosa | 6 comentarios »
Nací con fútbol retumbando mis orejas de neonato. Crecí con la versión de la pasión más sentida que este deporte, único en el mundo, puede darte. La gente que te vas encontrando a lo largo de tu vida (y con la que, además de encontrarte, te quedas) tiene multitud de opiniones sobre el fútbol, pero siempre sentí que nunca podía hablar de fútbol ni hacer entender a alguien el sentimiento que éste puede provocar si ese alguien no está afectado por la misma patología. Definirlo como 22 idiotas que corren detrás de un balón es tan acertado como erróneo, dependiendo de si toses pases en profundidad por la mañana o, sencillamente, desayunas.
Esta anotación viene a colación del Mundial de Alemania, casi a la vuelta de la esquina. La historia de los mundiales en mi vida es larga, como los años que han pasado desde el primer campeonato del mundo que viví y que recuerdo. Ese mundial no fue el de España, en el que tenía la friolera de 3 años y del que sólo sé por las crónicas, las videotecas y ese saber universal sobre fútbol que solemos tener todos a los que nos gusta este deporte.
El primer mundial que viví conscientemente, por tanto, fue el de Mexico 86. Tenía 7 años y las horas eran tan intempestivas que mis padres no me dejaban ver los partidos en directo. Recuerdo los cuatro goles de Butragueño, el penalti fallado de Eloy y, por supuesto, Maradona y su don. Un gran mundial que, revisado en el tiempo, se me antoja como uno de los mejores de la historia.
Italia 90 fue el siguiente, ya con 11 años y recuerdos más recientes. Bellezas al agua triunfaba en aquél Telecinco pornográfico, Luis Suárez se convertía en el entrenador más rancio que yo he visto en un banquillo y Yugoslavia nos eliminaba en octavos con un puñetero gol de falta en la misma prórroga. Recuerdo la final, con la Argentina de Maradona cayendo ante la Alemania de Matthäus con gol de Andreas Brehme, de penalti y con la diestra, su pierna mala.
En Estados Unidos interesó el Mundial a todos los que no éramos americanos y no fue un mal mundial. Se vieron selecciones débiles a priori que resultaron ser potentes - la Bulgaria de Stoichkov, que fue el máximo goleador del torneo, la Rumanía de Hagi y la Suecia de Ravelli y Anderson. Pero se jugó la final más fea que recuerdo, en la que Brasil, con jugadores como Romario y Bebeto, tuvo que imponerse a Italia en los penaltis. De aquél mundial recuerdo la enorme decepción después de que nos eliminara Italia, con la ya archifamosa nariz rota de Luis Enrique, el eterno fallo de Salinas y el descalabro ejecutado por Baggio en la jugada siguiente. Salí a la calle después del partido a dar un paseo y a llorar. Con 15 años el fútbol es algo que te llega muy adentro, sobre todo las decepciones.
Después vinieron Francia 98 - con Zidane en modo estrella y Zubizarreta en el modo paquete que siempre fue, Clemente a lo suyo y eliminados en la primera fase - y Corea y Japón 2002, en el que la generación de Ronaldo tuvo su premio. A nosotros, para variar, nos pasó lo de siempre: eliminados en cuartos de final. Debido a sendos goles anulados por un árbitro sospechoso, pero fuera.
No albergo ninguna esperanza con España, voy con Brasil. Pero siempre pasa igual: comienza a rodar el balón y me vuelvo patriota (oh, dios mío!). Después de un par de disgustos y un buen partido que no sirve para nada, nos iremos a casa. O quizá sea un disgusto y dos buenos partidos y en octavos o cuartos nos echen igualmente. Qué desgraciados somos, joder.

