Es evidente que, desde que se produjo el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid, la sociedad española está cambiando a un ritmo tan enérgico que ha sido posible percibirse del mismo en tan sólo 2 años, algo insólito. Al cambiar la sociedad, cambian muchos de los elementos que la componen: los medios de comunicación, los políticos, la visión que tenemos del exterior, la visión que tenemos de nuestros propios problemas como sociedad, etc. Asímismo, han cambiado las herramientas de las que dicha sociedad se vale para hacerse sentir, para conformarse a sí misma, en definitiva.
Desde aquél infausto día, la confrontación política ha sufrido una escalada ascente hasta alcanzar niveles de cierto surrealismo. Surrealismo al que los dirigentes de la clase política no parece interesarles poner freno y que se está extendiendo por las capas sociales de una forma realmente agresiva. Manifestaciones, declaraciones de todos los ámbitos de la sociedad - iglesia, asociaciones, víctimas, colectivos - reivindicaciones y postulaciones sobre temas como la familia, el terrorismo, la guerra… Todo está conformando un nuevo panorama tan interesante como peligroso, al tomar como elemento principal el enfrentamiento y como contexto subyacente la violencia.
Los movimientos de derechas, apoyados por instituciones como la Iglesia, el Foro de la Familia o la Asociación de Víctimas del Terrorismo abogan por machacar a la izquierda desde la clase política, haciendo una oposición tan dura que se anula, tan feroz que se pierde en las palabras y tan poco meditada que afecta al sentimiento más profundo de la sociedad española: su identidad. Un planteamiento erróneo para la propia derecha, porque no conseguirá nunca los resultados electoralistas que buscan y negativamente contributivo para el resto, como grano de arena en playa. Dejan a la vista, además, unos planteamientos políticos tan poco progresistas como hace 50 años, lo que desde el punto de vista social está resquebrajando esa unidad que ellos mismos dicen, con razón, que se está perdiendo.
La izquierda, en el poder, se dedica diariamente a contestar a la derecha, a defender sus organizaciones y actuaciones, a lamentar la falta de consenso en muchos ámbitos fundamentales para alcanzar el estado de bienestar. Están más preocupados del “qué dirán” y cómo éste puede afectarles a nivel electoral, a nivel de poder. El maldito poder, ése del que la izquierda política y tradicional española reniega, en una mentira tan grande como evidente.
Los medios de comunicación son ya tan partidistas como los propios partidos. El nivel de confrontación es tal que medios supuestamente más cercanos a una ideología se enfrentan a los políticos que la representan hasta llegar al insulto y el vilipendio. Las conspiraciones, acusaciones y secretos están a la orden del día y pudren lentamente ese derecho tan maravilloso de nuestro mundo contemporáneo: el derecho de información.
Todo esto desemboca en un desencanto palmario entre aquellos ciudadanos carentes de representación dentro de estos dos movimientos principales. Movimientos que además están apoyados incondicionalmente por sus simpatizantes y afiliados, cuya cantidad no es desdeñable. Desemboca en la descreencia política, la desmotivación democrática y los lamentos razonables. Si a todo esto le unimos el momento convulso que se está viviendo a nivel internacional, con estas dos ideologías muy marcadas - y con los movimientos conservadores como actores principales de movimientos ilegales en el tablero del mundo - el cóctel empieza a presumirse poco digestivo.
Desde el 11 de marzo han pasado cosas muy buenas. España es quizá un poco más libre, se revolvió y demostró a los gobernantes que el poder sólo es suyo y que ellos únicamente son la herramienta de la democracia para su representación. Desconozco si desde ese día los españoles somos un país más solidario a nivel global, sin embargo nos hacemos oir más. Sin embargo, desde ese 11 de marzo, España es también un país más crispado y violento, que está sufriendo las nefastas consecuencias de la irresponsable conducta que la clase política lleva ejerciendo durante estos años, antes y después del 11-M (que ha actuado como enzima para acelerar la desunión). Lamentablemente, el suceso de Madrid no sirvió para apartar electoralismos e intereses y servir a esa sociedad que, merced a un contexto de mentira y ebullición está, en mi opinión, involucionando, acercándose y encontrándose cada día más cerca de un enfrentamiento civil abierto, establecido o no, todavía, dentro del concepto guerra.
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