En los últimos tiempos me sorprendo bastante a menudo pensando en la muerte. Quizá es porque uno ve cómo pasa el tiempo, cómo se acerca a la treintena, como los segundos desplazan los recuerdos más y más abajo, cómo la metodología de la vida, sempiterna, nos abruma y sorprende, nos machaca y nos hace llorar, nos alimenta de fantasmas y teorías, de miedos y de falta de drogas.
La muerte, creo yo, es algo inevitable. Y cuando me sorprendo pensando en ella, un respingo me invade y lamento no ser el jefe de todo esto, no ser la naturaleza o un extraterrestre, no ser dios o no ser nada. La existencia es la herramienta más inútil que conozco y, sin embargo, es capaz de hacer que billones de entes pensantes pierdan el juicio y se pregunten por qué.
Temo a la muerte, por supuesto. Temo al dolor, a una enfermedad larga e incurable, a la hipocrondría hecha mía. No quiero morir, pero soy consciente de que absolutamente nada en lo que malgastamos nuestra existencia sirve para algo. ¿Y qué es ese algo para lo que serviría malgastar nuestra existencia? ¿Existe ese algo? El genio inventor es visto por la humanidad como aquél que nos hizo más llevadera la existencia. El físico brillante nos ayudó a transportarnos en el aire, el biólogo que descubrió esta o aquella vacuna propició que ciertas enfermedades dejaran de matarnos. ¿Y? ¿De qué sirve todo eso? Hemos aumentado nuestra esperanza de vida, llevamos reproductores de música que nos entretienen de camino al trabajo, somos capaces de recorrer 2.000 kilómetros en dos horas y al parecer sólo se resiste la vacuna del SIDA.
Pero vamos a morir, inevitablemente. ¿Por qué tanto esfuerzo en sentirnos mejor? Me parece de una paradoja tremenda no querer morir y, por contra, hacer miles de insignificantes actos a diario que en lo único que resultan es en hacer más llevadera nuestra vida. No entiendo el instinto de supervivencia, me parece una gilipollez. ¿Para qué estar contínuamente evitando nuestra desaparición, si es seguro que ocurrirá?
Hace tiempo que dejé de urdir teorías sobre todo esto, que dejé de pensar en el más allá allende de lo palmario, lejos de los hechos. Y si nos atenemos a los hechos, deducimos que no somos importantes, que nadie nos programó y nos creó, que nada se preocupa por nosotros, que somos animales que existimos, nos pasamos nuestra existencia deseando existir instintivamente y dejamos de existir. Así de simple, así de complejo. Una puta mierda de conclusión para una puta mierda de día.
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