Se apareció en un sueño despidiendo mi alegría. Dios mío, ¡cómo me acuerdo! Yo me acuerdo de aquel día: si grande fue mi tormento, más grande fue mi alegría, cuando desperté del sueño y vi que era mentira
Esto lo cantó Camarón de la Isla, ese genio del que han hecho una película, una película que te deja con la sensación de que Camarón era algo más de lo que se trasmite, de que sufrió mucho más, de que vivió mucho más, de que tuvo muchísima más gente en contra que a favor, de que su música rompió la barrera del flamenco tradicional, de adorar a Caracol y a Marchena por encima de todo. No salí del cine con la sensación de que José fuera alguien que se expresaba mucho mejor con la música que con las palabras. Tema aparte es la caracterización de la Chispa, donde falla la base, esto es, la actriz que la encarna, esto es, la Serrana esa, tan sosa, tan falta de carisma, tan vacía de arte, que nadie diría que es sevillana.
No obstante, tampoco podemos pedir que se retrate a un mito en la gran pantalla, sobre todo si ya no vive, de la forma en que cada uno lo ve, porque, en definitiva, un fenómeno como Camarón es tan personal e íntimo que sería necesario hacer tantas películas como sentimientos transmite a los que amamos su música.
Porque la historia de Camarón es la historia de un drama, entre palmas, guitarras, droga y dinero, pero un drama. El drama de un niño que cantaba para que su familia comiera, el drama de un privilegiado que tenía el don más grande que no se le concedió a nadie jamás: el don de la vida en una nota.
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